El Empecinado, un aristócrata del pueblo

El 22 de mayo celebramos el 200 aniversario de la Batalla del Puente de Zulema, en la que El Empecinado y sus guerrilleros hicieron huir a las tropas francesas de tierras complutenses, a las que ya no volverían. Es esta una buena ocasión para recordar no tanto ese concreto acontecimiento bélico, lo que nos haría entrar en controversias inútiles en cuanto a su magnitud cuando el feliz resultado fue la liberación de nuestra ciudad, sino la personalidad e importancia de la figura del caudillo guerrillero y la proyección hacia el presente de sus enseñanzas patrióticas. 

Juan Martín "El Empecinado" era un labrador, un hombre del pueblo, de ese pueblo que, ante la invasión napoleónica, fue traicionado por las más altas instancias de una Monarquía podrida que, junto a la mayor parte de la Nobleza, del Ejército y de la Iglesia, se mantuvo inane y sumisa ante las pretensiones del emperador francés. El Antiguo Régimen era una ruina maloliente que, debido a su decrepitud, se hundía entregando España al invasor. Entre los entreguistas estaba una parte de la elite cultural y política que, afrancesada, pretendía imponer sus reformas subida a la grupa del caballo de Napoleón. Estos ilustrados afrancesados, desde su prepotencia condescendiente, despreciaban al pueblo queriendo gobernar en su nombre pero sin su participación, en una especie de renovado y jacobino despotismo ilustrado. No obstante, el pueblo ya se reconocía como tal, como sujeto de la Historia y como protagonista del futuro, y los españoles no habían nacido para ser vulgares afrancesados, ni para traidores, ni para esperar que otros, supuestamente de más alta alcurnia, les cedieran la Soberanía Nacional, sino para asumirla y ejercerla contra los enemigos de la Patria. En ese benemérito grupo de españoles que se alzaron desde el primer momento contra el invasor, y que deseaban independencia y libertad, había patriotas de todas las procedencias y profesiones, y los que demostraron inteligencia, genio militar y capacidad de liderazgo alcanzaron altas graduaciones. El hecho de ser pastor o labriego, cura, sastre o mesonero, y llegar a coronel o brigadier, convirtió en héroes populares a aquellos jefes de partida que tomaron las armas sin complejos para hacer frente a las tropas imperiales. La Guerra de la Independencia acrisoló al pueblo llano, al Tercer Estado del viejo ordenamiento que se desmoronaba, aupándolo, como punta de lanza de un nuevo ejército popular en el que no sólo los nobles podían ocupar puestos de mando, a la empresa patriótica de la liberación nacional. Todos ellos conformaron la nueva aristocracia del pueblo ennoblecido en la defensa de la Nación. 

El Empecinado fue el más conspicuo de los líderes guerrilleros, hizo de la guerrilla su arma más eficaz, al comprender pronto que era muy difícil vencer al ejército francés en campo abierto con técnicas convencionales, y llegó a alcanzar, por méritos de guerra, el grado de mariscal de campo en 1814. Completada la expulsión del invasor volvió Fernando VII, "El Deseado", y la incultura de una parte importante del pueblo, convenientemente manipulada, hizo que el populacho desenganchara los caballos de su carroza y la arrastrase a mano gritando: "¡Vivan las cadenas!". Fue el comienzo de los problemas para El Empecinado, enemigo como era del absolutismo, y tuvo que sufrir destierro hasta que participó en el pronunciamiento de Rafael de Riego dando paso al Trienio Liberal (1820-1823), periodo en el que alcanzó el grado de capitán general. Aunque había jurado la Constitución y aceptado su aplicación con su famosa frase, “marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”, la ruindad de Fernando VII no pudo soportar que se coartase su poder y, por segunda vez, permitió una injerencia francesa con la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, finiquitando el periodo liberal e iniciando un sanguinario periodo de venganzas, desde su restaurado absolutismo apostólico, en el que cayeron asesinados muchos de los héroes que habían combatido al francés. El Empecinado se exilio en Portugal, pero el Rey quería su cabeza y, mediante engaño, lo atrajo a España para someterlo a un juicio amañado en el que fue condenado a muerte, produciéndose su ahorcamiento en Roa (Burgos) el 20 de agosto de 1825. 

El Empecinado dio muestra, durante todo su vida, de una entereza moral, de un patriotismo y de un respeto a la palabra dada sin parangón. A pesar de serle ofrecidas dignidades y recompensas para que faltara a sus juramentos, primero para que se pasase al bando francés y, más tarde, al partido de Fernando VII, nunca abjuró de sus ideas ni cometió perjurio porque su carácter íntegro se lo impedían. Su honor fue la lealtad a su pueblo y a su Patria, que puso por encima de su propio interés. A pesar de esa entrega tuvo que soportar, cuando fue detenido por orden del Rey, que la plebe embrutecida e ignorante hiciera escarnio de él cuando fue mostrado preso, como una vejatoria atracción, por distintos pueblos, y que su ejecución fuese un espectáculo multitudinario. 

Hasta nuestros días nos llega la lección de integridad de El Empecinado y nos muestra el camino a seguir, al tiempo que el cambiante comportamiento de las masas, víctimas del analfabetismo, de la ignorancia y de la incultura que los poderosos utilizaban como herramienta manipuladora, nos previene para que huyamos de los dirigismos que hoy manejan en su beneficio potentes instrumentos de desinformación y de distorsión de la realidad. 

Hace dos siglos, muchas personalidades cultivadas que se tenían como los más avanzadas de la época, en un gesto de desprecio por su Nación, se aliaron con el extranjero para someter a España con la disculpa de la modernización que ellos ajustaban a sus ideas y a sus intereses; se erigían, gracias a sus poderosos aliados, en intérpretes de la voluntad popular. Otros, carcas añorantes con el rey felón al frente, anhelaban el retorno a la sociedad estamental, al absolutismo de inspiración divina y a la Inquisición. Todos ellos despreciaban al pueblo porque se consideraban de superior discernimiento, porque no querían servirlo sino utilizarlo en su propio beneficio. Hoy como entonces, hay muchos interesados en mantener embrutecido e ignorante al pueblo para que acepte las modernas cadenas, que en el presente se sustancian en la globalización, en la multiculturalidad, en la partitocracia, en el relativismo moral y en el sometimiento económico por corporaciones y potencias foráneas. Hoy, como entonces, estamos ante una nueva dominación extranjera que nos está oprimiendo política, económica, cultural y espiritualmente, y hoy, como hace doscientos años, debemos luchar contra ella como verdaderos empecinados. 

Manuel Montes Rodríguez
Vocal de España2000 Distrito II

2 comentarios :

  1. Me jode menear algo de España2000, pero el articulo, a pesar de sus tintes patrioteros,hace reseña de un hombre importante en nuestra historia (como tantos otros) que hoy podría ser tomado como ejemplo de honestidad y rectitud, aparte de ser defensor de las libertades y derechos individuales, y que no se menciona en ningún libro escolar, no sea que la juventud lo tomo como ejemplo. Hoy, seria llamado terrorista.
    es.wikipedia.org/wiki/Juan_Mart%C3%ADn_D%C3%ADez
    www.biografiasyvidas.com/biografia/e/empecinado.htm
    www.youtube.com/watch?v=PMZq1rgrPfo
    alcalafoto.blogsome.com/2008/02/10/el-empecinado/

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    1. ¿Por qué hay empeño en llamar patriotero al patriota? Eso sólo sucede en España por parte de los que quieren destruir a la Patria y menosprecian a quienes la defendemos. El artículo es, nada más y nada menos, que patriota como lo era El Empecinado. Si usted hubiese vivido en 1808 habría llamado a El Empecinado, como hicieron otros muchos que se creían superiores a él, patriotero. Por culpa de esos que le consideraban patriotero murió ejecutado injustamente El Empecinado.

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