Los Santos Niños, 1.707 años después

Grace Stewart, la torturada madre que encarna Nicole Kidman en la película Los Otros, echó mano del sacrificio de Justo y Pastor para poner un ejemplo de fe inquebrantable a sus hijos. Y antes de que el director Alejandro Amenábar rescatara de sus recuerdos de catequesis esta hazaña del martirologio cristiano para incluirla en la atmósfera asfixiante de su exitosa película, otros muchos creadores han aludido a lo largo de los siglos en sus poemas, sus narraciones o en sus pinturas a la historia de los Santos Niños, los dos pequeños complutenses ajusticiados por no renunciar a su credo.

Esta presencia en el arte es solo una parte del alcance que han llegado a tener Justo y Pastor más allá del culto religioso. Otra no menos importante ha sido la relacionada con el origen y la evolución histórica de Alcalá, hasta el punto de que el emplazamiento actual de la ciudad se debe al hecho que se conmemora en estas horas como fiesta patronal.

Con arreglo a la tradición, una mañana de los primeros días de agosto de 306 (es ese el año que se le asigna generalmente, aunque con exactitud no se conoce) los fervorosos hermanos Justo y Pastor, de 7 y 9 años, vecinos de Complutum aunque naturales de la vecina Tielmes, decidieron abandonar la escuela, donde aprendían a leer y escribir con sus tablillas, y se dirigieron al edificio donde residía el prefecto Daciano para pedir una reunión con él.

El prefecto acababa de llegar a Complutum para dar cumplimiento en Hispania al edicto de Diocleciano que ordenaba erradicar la fe cristiana en todos los territorios del Imperio, con el uso de los más terribles castigos si era preciso. Y lo fue. Un rastro de sangre y de mártires había dejado tras de sí Daciano desde que desembarcara en las costas catalanas meses antes con el edicto en la mano y hasta llegar a Complutum.

Justo y Pastor no mostraron ningún temor ante esa terrible fama ya conocida en la urbe e insistieron en verle, por más que en un principio sus guardias les tomaran a broma. Finalmente les condujeron hasta su presencia y ante el prefecto dieron testimonio de su fe en Cristo y, en consecuencia, de desacato al edicto imperial.

En un principio, el enviado de Roma, considerando la corta edad de los insumisos, intentó doblegar su voluntad por medio de regalos y un trato contemporizador. Pero viendo que no surtía efecto y los niños se empeñaban en mantener su actitud rebelde, mandó que se les azotase con varas, castigo que se aplicó a conciencia, tanto que sus cuerpos quedaron ensangrentados de cabeza a los pies.

En el curso de estas torturas, según la narración que realiza del martirio San Isidoro de Sevilla, Justo arengó con estas palabras a su hermano mayor: “No temas, Pastor, hermano mío, la muerte del cuerpo que nos acecha, ni los tormentos que nos aguardan, muy superiores a nuestra corta edad; acepta el suplicio lleno de confianza; porque el mismo Dios que se ha dignado llamarnos a tal gracia, nos dará también fuerzas iguales a los tormento”. A lo que Pastor, enardecido, respondió: “Muy bien has hablado, Justo, hermano mío, pues la justicia que llevas en tu mismo nombre la realizas, y recibirás su premio conmigo. Yo me uno a ti lleno de alegría en el martirio, para alcanzar contigo el premio de esta lucho”.

Tan inverosímil diálogo entre dos niños de 7 y 9 años fue oído por los guardianes y estos a su vez se lo trasladaron a Daciano, que temiendo convertir a los dos pequeños en modelo de valor para todos los vecinos y queriendo dar un gran escarmiento, ordenó juicio sumarísimo y ajusticiamiento en un rincón de la basílica de la ciudad, que hoy es llamada Paredón del Milagro.

El 6 de agosto se consumó la ejecución: sobre una piedra, que según la tradición se ablandó milagrosamente como una almohada, cortaron primero la cabeza a Justo y luego a Pastor. A continuación sus restos fueron abandonados en un paraje a las afueras de la ciudad luego conocido como Campo Loable o Laudable, muy cercano a una calzada paralela al Henares y a una necrópolis.

Cuando Daciano abandonó Complutum, los vecinos cristianos, consternados por la ejecución, se dirigieron al Campo Laudable y allí mismo dieron sepultura a los cuerpos de los niños junto a la piedra martirial. A su lado construyeron una pequeña ermita para mantener su recuerdo, que sin embargo fue diluyéndose con el paso de los años.

Un siglo después, san Asturio Serrano, arzobispo de Toledo, sintió el impulso divino de recuperar aquella devoción casi olvidada, rescatando a su vez los restos de Justo y Pastor. Y para protegerlos y honrar su memoria, levantó en el lugar una iglesia y fundó el obispado complutense.

En torno a la iglesia fueron levantando sus hogares los alcalaínos hispanovisigodos, aprovechando materiales de la vieja Complutum ya abandonada. Y poco a poco fue creciendo una nueva villa en torno a aquel templo donde se custodiaban los restos de Justo y Pastor, cada vez más venerados. Tanto, que ante el avance de las tropas musulmanas que invadieron la península 711 y el miedo al expolio, fueron sacados de Alcalá en busca de un refugio a la medida de unas reliquias tan sagradas.

Arrancó así un largo peregrinaje en el espacio y en el tiempo, que no hizo más que acrecentar la devoción por los pequeños mártires complutenses en distintos rincones del país y hasta en el sur de Francia, donde fueron custodiados durante siglos. En Alcalá, entretanto, la población cristiana que habitaba en torno a la iglesia se puso al servicio de los ocupantes del castillo árabe construido al otro lado del río para controlar la comarca.

A comienzos del siglo XII las tropas castellanas conquistaron el castillo y el barrio cristiano empezó a crecer. El obispado complutense fue suprimido y los poderosos arzobispos de Toledo volvieron a convertirse en los señores de la villa. Y una de sus primeras decisiones fue construir una gran fortaleza cercana a la iglesia de los Santos Niños, que seguía siendo el corazón de la villa. No en vano ésta llegó a ser conocida en aquella época como Burgo de Santiuste, en honor a los valientes mártires complutenses, que también contaron con el fervor de los reyes castellanos.

Tras no pocos avatares y el reparto de sus restos por doquier, las reliquias de los Santos Niños regresaron a Alcalá el 7 de marzo de 1568, fecha y acontecimiento que fue motivo de celebración local durante años y que el actual obispo Reig Plà ha desempolvado. Para entonces, la pequeña iglesia de san Asturio era un templo con proporciones catedralicias cuyos canónigos eran maestros de la universidad fundada por el cardenal Cisneros, como parte de una urbe consagrada al servicio del imperio español y de la iglesia de Roma. Y ésta, a su vez, fue el germen de la Alcalá del presente, 1.707 años después del sacrificio y la ‘primera piedra’ de nuestros Rómulo y Remo.

1 comentario :

  1. Bien por recuperar este ripo de tradiciones y recordar nuestra historia. Bien por la actitud de Reig Pla, prefiero este tipo de obispos, que dejan huella, a otros que están acomodados y pasan en plan funcionario.
    Está claro que Alcalá se caracteria por crear gente empecinada, con las ideas claras, y que no se amilana ante las adversidades.
    En este sentido recomiendo el diario de un patriota complutense.


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