Menos plátanos y más melones

Donald Sterling, un oligarca norteamericano de origen judío es la nueva víctima del antirracismo mediático yankee. Resulta que al susodicho personaje, propietario del equipo de baloncesto de la NBA Los Ángeles Clippers y amigo de numerosas personas de raza negra, le grabaron de forma ilícita una conversación telefónica con su amante (una mexicana de piel negra de unos 40 años más joven que él), en la que éste le hacía saber su malestar como consecuencia  de que la muchacha  promocionara  sus relaciones con personas afroamericanas. Nadie puede negar que las palabras de Sterling, fruto de un ataque de cuernos, fueron desafortunadas y discriminatorias, pero si se puede afirmar que las mismas se realizaron durante una conversación telefónica privada. Una particularidad que demostraría que dichas expresiones no suponen ningún ilícito penal, ya que en ninguna democracia que se precie existe el delito de pensamiento. De hecho, si hay derechos fundamentales violados, son precisamente los del propio Donald Sterling, al que le han pisoteado su derecho al honor y al secreto de las comunicaciones, sin que ello le haya evitado que sea sentenciado administrativamente a pagar una multa de 2,5 millones de de dólares y a vender el club que regenta (un ejemplo más de lo que significa en EEUU liberalismo).

Se puede calificar la condena a Donald Sterling como completamente desproporcionada. Pero realmente no es un comportamiento extraño en un país con una mentalidad calvinista, donde prima más el pecado original y las opiniones de personalidades negras de éxito, como las de Magic Johnson o Michael Jordan, que la vida del pobre hombre de color Clayton Lockett, que murió agonizando en una prisión  de Oklahoma el pasado martes después de que le inyectaran veneno puro en cantidades que le propiciaron un gran sufrimiento antes del óbito. Al fin  y al cabo, allí piensan que si esto ha ocurrido así, es porque Dios lo ha querido. Forma parte de su idiosincrasia.

Lo que no es normal es que en España se empiecen a ver con asiduidad estos montajes mediáticos, que no son más que una mezcla de hipocresía, oportunismo y cinismo. Algo que es propio de otras latitudes, pero no del tradicional carácter campechano y recio del pueblo español. Todo empezó con el ataque al difunto Luis Aragonés por la prensa amarillista de la pérfida Albión, tras unos comentarios sacados de contexto en un entrenamiento, pero continúa a día de hoy, si cabe, con más intensidad. El último capitulo lo hemos vivido en el estadio del Madrigal el pasado fin de semana.

Corría el minuto 75 del partido que enfrentaba al Villarreal y al Barcelona en el citado estadio, cuando al jugador azulgrana Daniel Alves, situado en el córner para proceder al lanzamiento de un saque de esquina, le arrojaron un plátano desde la grada adyacente. El futbolista, en lo que aparentaba ser una muestra de humor, cogió el mismo y se lo comió. Nada  era lo que parecía, ya que el propio de Daniel Alves, en colaboración  con el también jugador de F.C Barcelona Neymar y una agencia de publicidad, habían planificado previamente todo. De hecho, fue el propio Neymar, el creador del hashtag #somostodosmacacos con el fin de hacer el suceso Trending Topic. Luego vino la demagogia mediática que ha acabado con la expulsión de por vida  como socio del Club del joven autor del lanzamiento de la fruta, así como de su detención por la Policía Nacional por un presunto delito reflejado en el artículo 510 del Código Penal. Una reacción ante el suceso que es, como en el caso de Donald Sterling, totalmente exagerada.

Pero, ¿cuál sería la verdadera motivación para que Alves y Neymar planificaran tal acción? Muchos periodistas afirman que los dos jugadores habrían dicho que estaban hartos de los insultos racistas proferidos a sus personas en diferentes campos, pero esa justificación sólo era la excusa.

Desde hace algunos meses, se vienen registrando en Brasil masivas manifestaciones de personas empobrecidas que protestan porque se celebre un mundial de fútbol en su país, que en su opinión, generará corrupción y especulación, cuando la gente carece de educación, sanidad, seguridad y alimentación básica. A dichas quejas no les faltan fundamentos, ya que Brasil es un Estado donde su Corte Suprema se pronuncia sobre 100.000 casos de corrupción al año, una cifra, que incluso en comparación con España, resulta escandalosa. De entre esos casos encontramos desde políticos que compran votos, hasta banqueros que sobornan a estos mismos políticos, pasando por policías corruptos que cobran las famosas coimas a los ciudadanos que circulan por las carreteras cariocas.

Dicho clima de malestar generalizado en Brasil como consecuencia de la situación arriba descrita, se está tornando violento en los últimos días. Hace pocos días, en las favelas de Complexo Do Alemao, una anciana de 72 años y un menor de edad resultaron muertos como consecuencia del fuego cruzado entre narcotraficantes y policías. Las protestas de los vecinos por dichas muertes acabaron en graves incidentes. Días antes, la muerte de un bailarín en parecidas circunstancias, provocaron disturbios similares en otra de las favelas. De continuar así las cosas, se  podría complicar la celebración del mundial, además de poder perder la mayoría absoluta la actual Presidenta Dilma Rouseef en los comicios del próximo octubre.

Ante la peligrosa situación que se estaría generando en la nación sudamericana (que incluso ha hecho intervenir públicamente el ex Presidente Lula Da Silva), con el fin de desviar miradas, Dilma Roussef habría decidido convertir el próximo mundial de su país en un evento global contra el racismo. El miércoles pasado el Congreso de Brasil aprobaba una moción impulsada por el Partido de los Trabajadores (el de Dilma Roussef), por la que se creaba una Comisión Especial para investigar denuncias de racismo en el fútbol local. Poco después, la propia Presidenta aseguraba haber conseguido el compromiso del Papa Francisco para pronunciar un mensaje contra la discriminación racial con motivo de la inauguración del evento futbolístico mundial.

En este sentido, la acción de Alves, con la connivencia de Neymar y el asesoramiento de una agencia de publicidad, tendría como autor intelectual al Gobierno de Brasil, que utilizando la liga española como catapulta de lanzamiento, pretendería publicitar la idea de un mundial de Brasil contra el racismo, que hiciera olvidar internacionalmente el Brasil de la corrupción y la violencia que parece incapaz de realizar un evento de tal importancia.

Pues ante los hechos descritos, la prensa española al unísono se ha comportado de forma previsible. El supuesto autor de tirar el plátano al terreno de juego del Madrigal, ha sido prejuzgado y culpabilizado, pudiendo calificar el trato dado a esta persona  por los medios de difusión como linchamiento mediático.

Consideramos que D.C.L. (el presunto autor del lanzamiento del plátano, que esperamos fuese de Canarias), una vez que el caso ha pasado al ámbito penal, debe ser juzgado con objetividad y respetando su presunción de inocencia. Es obvio que D.C.L lanzó la fruta al campo, si bien se desconocen los motivos por lo que lo hizo. Sentenciar a una persona por indicios o connotaciones, puede ser lógico en repúblicas bananeras, pero no debería serlo España.

Por otro lado, no hay que olvidar que el deporte del balompié es un juego de masas que levanta pasiones, hasta el punto de que en muchas ocasiones se llega al uso de la violencia. Es por tanto lógico reglar el comportamiento de aficionados en el campo, si bien dichas normas deben ser iguales para todos, además de estar sometidas al principio de jerarquía normativa  con el fin de que no socave la inalienable libertad de expresión de los ciudadanos. Cuando Érik Cantoná golpeó a un aficionado porque le espetó en Inglaterra aquella frase de “vete a Francia”, no hubo condena ninguna por lo que podía suponer una frase xenófoba, pero si una sentencia de cárcel de 7 días para el propio Cantoná. Cuando a numerosos jugadores les llaman “hijos de puta”, tampoco parece que le importe a la prensa. Cuando en una final de la Copa del Rey se pita al himno español y se quema la enseña nacional, tampoco encontramos detenidos o condenas tan impetuosas. Por tanto, lo primero que hay que hacer, antes de criticar o no los cánticos o las actitudes de determinados aficionados, es determinar expresamente que se puede o no se puede hacer y decir, de forma que se garantice la objetividad de la norma y la igualdad de los ciudadanos ante la misma, evitándose de esta forma la arbitrariedad de las interpretaciones que cada uno pueda hacer. En cualquier caso, toda Ley del Deporte, en materia de derechos y libertades,  debe ceñirse a la Carta Magna y al Código Penal.

En este contexto, todos esos progres que braman contra el racismo en el deporte, tienen sobrados motivos para callar, pues luego  son los mismos que insultan al humorista Dieudonné por el color de su piel o apoyan a ultranza a un Tribunal Penal Internacional denunciado por la Unión Africana como racista. Lo mismo podemos decir de todos aquellos neoliberales que hablan de comportamientos racistas inaceptables en el fútbol, ya que son los primeros en guardar silencio ante las agresiones al Rabino de Kiev o los asesinatos en masa de cristianos, drusos y chiítas en Siria por motivos étnicos y religiosos.

Todos estos políticos del Régimen tienen en el mundo ejemplos muchos más claros de discriminación racista, que la de un lanzamiento de un plátano a un campo de fútbol. Pero les ha gustado tanto el plátano, que a través de sus periodistas a sueldo están promocionando una campaña en el que uno parece que es racista si no se come un plátano. Y si alguien, como es el caso, prefiere,  por gustos personales, comerse un par de dulces melones, debe de andar con cuidado, no vayan a venir a detenerlo al más puro estilo orweliano por un presunto delito de discriminación sexual y  homofobia. Así es el Estado de Derecho de España, un lugar donde se condena Jaume Matas a 9 meses de cárcel y a 22 años de prisión a un perturbado mental que se metió en la casa de Bárcenas.

M. A. B.

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